Sigamos hablando un poco de límites. Obviamente hay una manera buena de poner límites, comunicación asertiva, todo lo que ya sabemos. No es el tema de hoy. Es un tema interesantísimo, pero no es el de hoy. Lo que quiero decir es lo siguiente. Incluso poniendo los límites un poquito mal, porque cuando uno no está acostumbrado a hacerlo, suele irse medio para el otro lado por inseguridad y por inexperiencia en poner límites, y por ahí no dice las cosas de la mejor manera, es normal y natural que el entorno se sorprenda o incluso se enoje un poquitito. Puede enojarse un poquitito porque no usaste la mejor forma, o puede sorprenderse porque no está acostumbrado a que vos pongas límites. Eso es natural. Hasta ahí estamos bien. Ahora, si esas personas siguen enojadas o sin querer aceptar esta novedad de que vos pongas límites, ese ya es otro tema. ¿Es natural que tu entorno se sorprenda, no entienda, incluso se enoje un poquito? Sí, pero le tiene que durar poco. Si eso se sostiene en el tiempo, lamentablemente tengas probablemente que replantearte el hecho de que esas personas sigan formando parte de tu entorno, porque nadie debería permanecer enojado porque vos simplemente no querés que vulneren tus límites.
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A veces no es el límite lo que molesta, sino que ya no seas la persona sin límites.
Cuando alguien empieza a autorrespetarse, a marcar un borde que antes no estaba, muchas veces genera una especie de mini terremoto en su entorno. No es que hiciste algo grave: simplemente cambiaste una forma de estar. Y sí, puede descolocar.
Pero el desconcierto tiene que pasar rápido. Si no pasa, si se vuelve enojo crónico, si hay resistencia persistente… eso no es solo una mala reacción, es un dato.
Porque no se puede sostener el respeto por uno mismo adentro de un ecosistema que lo combate.

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