A veces en tu pareja, familia, grupo de amigos o de trabajo hay algo que está claramente mal y de lo cual nadie habla. Si a vos se te ocurre nombrarlo, escándalo. Sos mala onda, arruinás el momento. ¿Desde cuándo se volvió peor hablar de un problema que el problema en sí mismo? Vos lo único que hiciste fue prender la luz sobre algo que ya estaba ahí. Por supuesto que hablar de un problema no solo no es malo, es bueno y es sano. Lo que es malo es el problema en sí mismo y lo peor es que todos hagan como si nada pasara. Este es un mecanismo bastante conocido y bastante viejo, el de matar al mensajero, atribuyéndole la responsabilidad de lo que está pasando. Si vos estuviste en alguna situación de abuso, sabés que ahí también está el corazón del asunto. El problema no es lo que te hacen, el problema es que vos hables. Hablar es verdad que te puede traer quilombo, pero si no hablas, primero el problema por supuesto va a persistir forever, pero además te vas a enfermar y te vas a sentir muy solo. Hablar de un problema es lo mejor que podés hacer.
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A veces no hace falta hacer nada malo para convertirte en el enemigo. Solo abrir la boca.
Fingir demencia, negar lo evidente: todavía hay mucha gente que no entiende que eso es pan para hoy y hambre para mañana.
El silencio colectivo es un pacto tácito. No para proteger a alguien, sino para sostener una fachada. Para zafar de la incomodidad, del miedo o del conflicto real.
En esos entornos, hablar no es solo un problema: es una amenaza al equilibrio trucho que todos hacen fuerza por mantener.
Pero vivir anestesiado no es vivir en paz.
Y sostener vínculos donde decir la verdad te convierte en el enemigo… tampoco.
No les creas: no estás haciendo lío.
Estás haciendo espacio para la verdad.
Nombrar lo que pasa no es armar quilombo.
Es intentar que algo no te destruya por dentro.
#SinAutoengañoNoHayAutodaño

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